marzo 28, 2011

Microrelato - Metafísica a domicilio


¡Chingada hambre!
Uno trata en verdad de aguantar lo más que se puede, pero es difícil no ceder a los instintos. Todo nos recuerda que nacimos hambrientos; el mundo aviva esa hambre. Es difícil distinguir la necesidad genuina de comer de la gula caprichosa. Claro que algunos se dejan envolver por los enormes carteles iluminados que prometen el mejor sabor, la más eficiente de las entregas, y sobre todo, la posesión de la receta secreta. Siempre es lo mismo, “abierto desde…, con la mismísimo sazón de la abuela”. No es importante, salvo la molestia que causa a unos cuantos que no se tenga una afiliación demostrada a la misma fonda en la que acostumbran sus alimentos; quizás sea porque entre más sean, un mayor descuento obtienen ante los modales que muestran en la mesa. Eso no es lo mío.
Pero el hambre existe. Es demasiado real. Hace que hasta los más inapetentes busquen algo con que llenar sus estómagos.
Para mi particular gusto, quise eliminar el hueco del hambre con una buena pizza de champiñones, peperoni, aceitunas negras y parmesano. Trate de llamar por teléfono a una de las pizzerías de la ciudad, pero las que llegaban a contestar no ofrecían muy buena calidad en sus ingredientes para el precio que cobraban, además de que el tiempo de entrega era demasiado ambiguo; eso sí, quizás por la mercadotecnia, deseaban ser poseedores del carnet de identificación personal. Y mi interés se centraba en una buena pizza, solamente; no deseaba una ensalada, o un corte, ni mucho menos un buffete de granel que sólo da sobras de otros días, muy a modo para quienes cualquier cosa les acomoda en la panza, todo a la new age.
Así que no tenia de otra más que o pedir a otro negocio, bajar hasta la cocina y laburar lo que se requiriera, o quedarme con la jodida hambre. Hice lo que cualquiera en mi posición: desee con toda la fuerza que me apareciera una pizza de manera milagrosa; los portentos siempre caen bien. Me la imagine tal cual la quería, cada detalle. Y trate por más de diez minutos. Pensé y repensé en esa pizza. Me enfoque, le rece al microondas, le prometí veladoras a cualquier repartidor que tocara a la puerta con la dirección equivocada. Jure tanta fidelidad como me pareció prudente… Debo reconocer que me sentía alegre apenas de pensar que con esa pizza no tendría hambre… pero no sirvió de mucho cuando el estomago se tornó implacable. ¡Seguía teniendo hambre! Hay que ser fieles a las costumbres; además, la vajilla y los aderezos que había en el refrigerador eran exclusivos de una buena pizza. Es muy descortés adecuarlos para lo que no han sido hechos, muy comodino.
¡Qué lástima que el estómago no entienda mucho de estos asuntos!
Se me hace que tendré que ser yo quien vaya a la cocina y me prepare la pizza. Después de todo ha sido el hambre misma la que nos ha mantenido bien nutridos con el paso de los años.
No hay caminos fáciles para mí. ¡Qué mierda!

E. Adair Z. V.


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