octubre 14, 2010

Narración - Ludopatía sentimental


A Fatima

- Y bien, ¿qué piensas?
- No lo sé. Ha pasado mucho tiempo. Y ahora ocurre esto. Es extraño que fuera justo ahora. Ya sabes. Sé que no crees en el destino, ni en la suerte. Pero ni siquiera tú puedes negar que esto es un poco improbable; es decir, que estuviéramos aquí, los dos, justo ahora. Era difícil pensar que fuera a ocurrir después de tanto tiempo.
La mujer acerca un vaso a sus labios y bebe. Es un licor fuerte. Su rostro se contrae instantes antes de voltear los ojos hacia el límpido líquido dentro de la botella de vodka.
- Tienes razón. El destino no existe, sólo la voluntad. Ambos acordamos reunirnos en el café de la otra calle, luego acordamos venir a este hotel, luego subimos. Y ahora estamos hablando de esto. Como sea que lo veas, es voluntad. No podría explicar la sucesión de eventos aleatorios que nos han traído hasta aquí; ni siquiera se me ocurre que exista una manera de intentarlo. Comenzó como una llamada cualquiera. No creo que importe mucho la razón, ya estamos aquí.
- Sí, lo estamos. Los dos. Por esa llamada. Supongo que fue lo que alguna vez quise. Es raro. El tiempo ha transcurrido con su singularidad cerca de nosotros. Quizás demasiado cerca. - La mujer saca un cigarro de un estuche metálico. El hombre acerca un encendedor. La primera bocanada asciende al techo y rodea la pantalla esmerilada de la lámpara. - Gracias. ¿Qué ocurriría después de esto?, ¿valdrá la pena buscar detalles que lo arruinen? No quiero despertar dentro de algunos años y pensar una y otra vez en el remordimiento de no atreverme a especular sobre las posibilidades de este día…
- De nada. Veo que has estado ocupada pensando al respecto. Ya te lo dije, yo no pierdo nada, no gano nada. He pasado demasiado tiempo con el remordimiento de no vivir plenamente. – El hombre hace una pausa. - La tranquilidad es una forma de ser cobarde, de no esperar nada distinto, de permanecer inmutables. Y eso no es posible. El cambio es la naturaleza de este mundo. - El hombre bebe de un trago su vaso. - Cuando nos separamos aquella vez, deje de pensar en ti por completo. - La mujer eleva su mirada hasta él, luego la aparta. - No me malinterpretes. No es que no me importara. Éramos diferentes. Tanto que aprender, tanto que hacer. Pero entonces apenas hablábamos. Me distraían las cosas que me eran elementales aquellos días. Parecía estar ausente todo el tiempo, lejos del mundo.
- Es verdad. Pero cambiamos. - La mujer guarda silencio. - ¿No es lo que dicen del tiempo? Ya sabes, que no es real, y que es apenas una forma de medir el cambio de la materia. Supongo que por eso notamos que han pasado los años desde entonces. Ya no soy joven. Supongo que tengo que admitir que estoy aquí por deseo de esa juventud perdida. También la voluntad es destino.
- Sí, es cierto. Cambiamos. Todos lo hemos hecho. Tú y yo no éramos en ese entonces lo que somos ahora, y entones no hubiéramos hablado de esto. Lo sé porque antes no fue importante. – El  hombre aspira una bocanada. - No tienes que repetirlo. Fui yo quien no se dio cuenta. Hacía lo que podía para sobrellevar cada día, donde fuera, con quien fuera. ¿Con cuántas mujeres he compartido los días, con cuántas otras no? No pienses que trato de ocultarte algo, simplemente me apego al dicho de que los caballeros no tienen memoria. – La mujer sonríe. - Un día dejamos de vernos y ya. Continuamos con lo que fuera que tuviéramos que hacer. No había motivos para tanta seriedad. Éramos sólo un par de conocidos en la misma ubicación geográficamente, contemporáneos. - El hombre se sienta frente a la mujer. Junta las manos y continúa. – No teníamos un destino. Me sorprende que hayas venido. El hombre vierte más vodka. Saca un cigarrillo de su camisa; lo enciende.
- Como dices, es cuestión de probabilidades. - La mujer bebe lo que aún queda. Extiende su vaso hacía el hombre. - Sirve otro poco. Para uno de nosotros existía al menos la idea. Sé que tu vanidad se divertirá, sin embargo, ya que estamos los dos aquí, te diré que alguna vez pensé en ello. No le di importancia, ya que apenas fue una ocurrencia. Pero sabes lo que se dice de las pequeñas ideas. Además, tienes un carácter difícil. Puede que no seas de aquellos que gustan de llamar la atención. Simplemente el universo parece girar en torno a ti, como una obsesión. O eso aparentas. La verdad es que tanto puedes ser genuino como un hipócrita. - La mujer mira fijamente los ojos del hombre. - Ni aún ahora soy capaz de comprender qué eres, en qué te has convertido. El destino se divierte con nosotros. Y no te guardo rencor. Como dices, apenas nos conocíamos. No eres más que un capricho.
- No sé qué decir a eso. Eres honesta conmigo, y tengo que devolverte algo. Quizás pensé alguna vez en invitarte a algún lado, decirte algo, buscar la mirada. – El hombre hace un gesto delicado.- Eres sabía, las ideas pequeñas mueren fácilmente. Aunque algunas dejan una diminuta mancha. Y era joven. Había mujeres y lugares que se me ofrecían a la mano. Supongo que no crucé todas las puertas que se abrían para mí en ese entonces. - El hombre presiona la colilla en el cenicero. - No soy quién para decir si puedes confiar o no en mí. La verdad es que ni siquiera sé lo que esperas de esto. Debes de actuar según te plazca, según creas más conveniente. Estamos aquí por capricho de la nostalgia.
- Aún no entiendo qué fue lo que te hizo llamarme. Antes llegue a pensar en ti como un ser irreal para el que nada tenía la menor relevancia. De hecho creía que no notabas mi presencia. ¿Qué hizo que me llamaras?, ¿por qué a mí?
- No lo sé. En verdad que no. Quizás me sentía solo, quizás estaba aburrido. Soy una especie de ludópata caótico. No busco nada, no espero nada. Apareció la oportunidad y la tome. No olvides que es un juego. Lo más probable es que también sea un capricho. Pudo ser cualquiera.
- Así que para ti es apenas un día más. Hablas como si en verdad cada acción fuera una apuesta regida por el azar. Yo también fui una moneda al aire, puesta en tu camino como otras tantas. ¿Por qué no jugaste para ver que podía ocurrir?
- No era lógico. Ya sabes, las circunstancias no coincidieron. Sinceramente esperaba tener otro golpe de suerte en el camino, y encontrar la senda que me llevaría de vuelta a la mujer perfecta. Entonces los sueños valdrán algo. Podría continuar con la vida. Era un ser compuesto de pequeños momentos. Cedí a algunos caprichos. Tomaba lo que me era apetecible o lo que estuviera más cerca. Fue cuestión de suerte, creo. - El hombre enciende otro cigarrillo. - No quiero ofenderte. La soledad ha estropeado un poco mis modales. Me he vuelto grotescamente directo. La prueba está en esa llamada.
- Pero, entonces ¿te gustaba?
- No lo suficiente como para pensar mucho al respecto. De alguna manera todas las mujeres son atractivas. Depende del tiempo y del hombre. Encontré tu número. Todavía era el mismo. Las palabras hallaron su camino. Los dos coqueteamos un poco. Acción y oportunidad. Nada mágico.
- Me sorprendió la franqueza de tus palabras. No esperaba que un breve saludo fuera suficiente como para provocar esta serie de eventos. Jamás me cruzó por la cabeza que fuéramos a llegar a este punto.
El hombre se sienta al lado de ella. Mira dentro de sus ojos.
- Supongo que es la gracia de la entropía.  Déjame servir nuevamente los vasos.
- Los dos estamos actuando por capricho. Revivimos un instante en el tiempo que no fue. Puede que ahora no tenga valor, pero se puede decir que era el destino que pasó de largo, y ahora nos vuelve a encontrar.
- Suenas demasiado formal cuando hablas así.
- Tú eres el que suena demasiado informal. Como dijiste, he estado ocupada. Durante este tiempo he buscado los detalles que se convertirían en el resto de mi vida. Tengo una familia. Una vida. No te mentiré, estoy aquí porque no soy feliz como mujer. Tampoco hay nada místico en mí que venga a darte. Es lo que tengo. - La mujer voltea hacia el hombre. - Es difícil que entiendas. Únicamente aprovecho la oportunidad que se presentó. Pudo ser cualquiera.
- Es el azar quien maneja el mundo. No tenemos nada que justificar.
-No estaba segura de hacerlo. Lo repase una y otra vez. Luego comprendí que era algo casual, un único tiro. Si es cuestión del destino, pese a todo hubiéramos acabado en la misma habitación, usando las mismas palabras. Es una alegre coincidencia de voluntades. Tenía miedo de venir, pero al final me convencí de que al menos quedaría un buen recuerdo.
- Por eso sé que no existe el destino. Me encanta la incertidumbre del juego. Resultaría inútil apostar cuando el resultado ya está dado, incluso antes del juego mismo.
El hombre enciende otro cigarrillo. Acaricia la mejilla de la mujer.
- Yo también he desarrollado un gusto por el caos. El extremo orden de la cotidianeidad me obligó a ello. Vi que la fortuna barajaba sus cartas sobre la mesa. Aún puedo sacar una buena mano. No dejé de ser mujer cuando trate de construir una familia. La mesa adecuada la pusieron tus palabras. - La mujer busca la mano del hombre. - Sé que no crees en el destino. Y no quiero que lo hagas. Para mí sí fue real. Y llega cuando ya no es el dulce sueño de la juventud.
El hombre apura el vodka de su vaso. Sirve nuevamente. Camina hasta la cortina azul y mira a la gente caminar bajo de ella. Voltea a ver a la mujer. Sonríe.
- Yo escogí el juego durante aquella llamada. Espero el efecto que tu voluntad tendrá sobre la mía. Puedes llamarle como quieras: azar, destino, karma. El turno que aún no se revela es el tuyo. Así que te lo preguntare nuevamente: ¿qué ocurrirá a partir de ahora?, ¿qué es lo que quieres que hagamos? - El hombre camina hasta la mujer. Se inclina frente a ella. - Y bien, dime.
- Los dos ya lo sabemos. Desde antes de venir habíamos decidido crear las condiciones suficientes para provocar un efecto particular. Allí es donde intervenimos ambos. Eso es lo que me gusta del destino: a veces deja que juguemos libremente. Es una ruleta rusa.
- Se podría decir que hemos blofeado por un buen rato.
- Hemos aceptado la voluntad de los Hados. Es fácil pensar que estamos tratando de demostrarnos el uno al otro cuanto hemos madurado. Además, en ningún momento hemos hablado de amores. No vamos a sellar promesas que no cumpliremos. Es sólo el momento. Esta vez. Vinimos porque queríamos buscar respuestas a la gran duda: ¿qué tal sí? Pertenezco a mi familia, pero también deseo satisfacer a la mujer que soy.
- Creo que no queda nada más que decir. Tentamos a la suerte. Después de todo nos encontramos en un punto cualquiera, tratando de sacarle un poco de sangre a la piedra. Esta es la carta que voy a jugarme.
El hombre se levanta. Sujeta con sus manos las manos de la mujer. La besa.
- Y bien ¿qué piensas?
- Justo a tiempo. El destino es voluntad,
E. Adair Z. Villarreal.




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