septiembre 17, 2012

Narración - Eco gálvanico



 Eco galvánico, por E. Adair Z. V. Publicado en la antología ¡Está vivo! del Grupo Cultural Saliva y Telaraña, 2012


Mary Shelley, In Memoriam

El aire apesta a láudano. La muerte tiene ese pesado aroma de clavo y azafrán macerado dentro de una botella de vidrio. Mary lo reconoce. Su hermana guardo ese olor bajo las capas de lino blanco y el bálsamo de las flores que cubrieron su tumba. No fue la primera vez que las alas de la muerte se posaban al dintel de la casa con seña indiferente, pero el olor de la botella en el suelo había apestado la ciudad, y su memoria. Las aguas del río Avon corrían por la ribera de la misma forma que dentro del láudano, que son las mismas que las de Genova y del río Isis. Después todas la muertes son semejantes, la misma cosa. Sólo queda la carne, suspendida al borde de una cama funestamente blanca como lo podría hacer en la carnicería. El llanto de las mujeres posee una violencia semejante a la sangre salpicando los muros. La mujer se sienta a mirar por la ventana. Ya no llora. No desde que nació Percy, como su padre, no desde que la dulce tierra latina le entrego al único de sus hijos en sus brazos para dejarlo crecer, para ser un hombre. Él trajo consigo la sonrisa que la mujer había fatigado, el láudano que la memoria requería. La vida permite olvidar lo muerto, o mejor dicho, lo que tiene vida infunde esa virtud. El viento arrastra las nubes por encima de la campiña. Percy ha salido a caminar.

Los días son nublados. A veces las piernas no responden, mas la fidelidad de las manos es suficiente. Le duele el cuerpo, le duele la cabeza. Una carta, un artículo, una lista de deberes, un recado para Percy, lo importante es escribir, alejarse de las sombras que crecen bajo los muebles; el olor de la tinta es más fuerte que el de la canela y el clavo, el del azafrán. Las calles de Londres se agitan por los obreros apenas un rato, como una polvareda que huye a través de las callejas húmedas de ese 1848. Recuerda el verano en suiza, recuerda a los hombres que allí fueron más unidos a la naturaleza que nunca. Allí también estaba la muerte, pero no sola, y el misterio: la ciencia para retar a dios. Los acompañaba Gorge, Jhon, y Erasmus, (y Galvani), y el amado Percy, su esposo. Allí fue donde su otro hijo vino al mundo frente al lago, el que no estaba vivo, y por tanto no permitía olvidar. La cólera contenida dentro de una forma casi humana. Era un demonio montado sobre fragmentos, un recuerdo de lo que había amado. Ahora Lodres está muy lejos de Genova. Percy volverá pronto.

Mary se sienta frente al escritorio. Busca la tinta. Y comienza una carta que no está dirigida a nadie. Garabatea varios nombres y luego los tachonea. Tose, está enferma. Se arrepiente de escribir esos grotescos caracteres. Raya con tanta fuerza que el papel se rasga. A cada nombre le corresponde un rostro que se materializa más allá del pasillo. Sabe que han venido. Caminan hasta llegar casi detrás de ella, y se desploman conforme el cañón de la pluma les vuelve a pasar por encima. Los conoce a todos. A su hermana, a su esposo, a su padre, a su madre, a sus hijos, incluso el que murió en su vientre. Pero no llora. Percy volverá pronto, fue a ver a su futura esposa.

Los cuerpos se acumulan unos sobre de otros. La corriente que atraviesa su corazón escapa desde sus manos hasta alcanzar los rostros despojados de aliento. Algo se mueve por debajo. Es él, el ingenuo sueño nacido al cobijo del late en Diodati. Un escalofrío le cruza el vientre. Mary sabe que ella lo ha parido, ella le ha dado vida a través de su sangre. La creatura que yace entre esa carne crece con rapidez, adquiere una forma humana, crece hasta que se pone en pie. La reconoce, le dice madre. Pero no se acerca. Ella también los reconoce, cada pedazo de su cuerpo que es un cuerpo distinto, un nombre distinto. Siente remordimiento por permitir que exista, por necesitarlo a su lado. Percy regresará pronto, ha ido a ver a esa mujer llamada Jane; parecen ser felices, piensan marchar a Susex. Mary saca un paquete de seda de su escritorio. Mira las cenizas que hay dentro. Continua escribiendo, no puede detenerse.

La cabeza le duele, se siente mareada. La creatura espera de pie a su lado. Madre, le dice. Madre, la llama. Mary deja caer la pluma que tiene en la mano. Y observa la luz que se encharca en las pronunciadas ojeras que hunden su rostro. Tiende la mano a su otro hijo, hacia su propio corazón que le ha entregado a la criatura; eso es lo que lo mantiene unido en un único ser. La electricidad de su cuerpo se agota, Mary lo sabe. Si tan sólo la creatura fuera distinta, si no fuera todos esos cuerpos que se han perdido, no le drenaría la vida. Trata de pronunciar sus nombres. El eco en su garganta se acrecentar en toda dirección, como un relámpago que se esparce hasta disolverse.

El pomo de la puerta de la calle cruje débilmente. Escuchan pasos, humanos, vivos. Percy ha llegado. Mary sale de la habitación, deja el paquete de seda en las manos de la creatura. El tacto de sus dedos sin pulso le conmueve. Por un momento le parece que sus manos huelen a canela, azafrán y clavo.


E. AdairZ. V.

 
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