septiembre 19, 2012

Narración - El beso del almendro



A Magi

No te voy a seguir mintiendo, ya ha sido demasiado. Lo he tenido que pensar durante un largo rato antes de siquiera encaminarme por la calle; de tanto darle vueltas creo que ya me escurre un hilo de sangre por la frente. Lo que fue una insignificante dolor de cabeza se ha convertido en una notable migraña, cada vez con un latido más vigoroso, como un recuerdo que golpea constantemente. Creí que no se detendría nunca. Ha sido incomodo tener que juntar las cartas del mazo que dispersamos sobre del comedor, con desprecio, para borrar la insatisfacción de no tener nada bueno que decir; era forzoso terminar con el juego que habíamos comenzado, punto. Es una sensación extraña la de verte así, sin esa naturalidad -una rara impresión- de estar frente a un cuerpo que tiene un perfume de almendras, herido, a algo que agoniza. La perpetuidad del tiempo no es suficiente para lamentarse. Sí, amor, es necesario que admitamos que así son las cosas ahora, y que no hay manera en que logremos escapar de lo que hemos hecho. Todavía podemos ser fugazmente honestos si me permites continuar hablando. Quizá logremos echar mano de las palabras, tratar de salvar algo. Además, se nos acaban las muecas para fingir que somos imperturbables. No es que estemos de pie frente a una profundidad desconocida, únicamente nos falta el aire. La confidencia que aún queda nos permite recurrir a la franqueza, incluso si parece descarnadamente grotesco; precisamos ser así, otra vez. No me mires de esa forma, era cuestión de permitir que el silencio, cada vez más prolongado, fuera guiando la empuñadura de las manos. 

Nos hemos consumido hasta el tuétano de los huesos para darnos cuenta de dónde nos encontramos, de lo estancado que se ha tornado el caudal en la que flotan nuestras magnolias, como antes solías llamar a lo que teníamos, y que se nos han podrido de pronto. Quizás la pasión fue más de lo que podíamos manejar, o quizás es cierto que el agua que no fluye se llena de pesares, de minúsculos rencores que van creciendo en la ciénaga del fondo. Nos envenenamos al beber en esa rivera, en la que los lirios dieron paso a las raíces de otros árboles, y que fueron muriendo. El crujir de las ramas enfermas nos llenó de cólera... He buscado la manera de mostrarte lo que ocupa mi mente; aunque al parecer no soy bueno en eso. Disculpa, hablo como si pensáramos en lo mismo. Se dice tanto como se tenga necesidad de escucharlo. El camino es largo, muy largo; y no tenemos otra opción que recorrerlo entero, en la misma dirección. Escucha, no pido más. Sé que aún puedes hacerlo. No permitiré que acabemos como aquellos que apenas se saludan con el torcer involuntario de los labios, llenos de indelebles resentimientos. No voy a permitir que eso nos pase. Es inaceptable. Te conozco, pese a lo que has cambiado, pese a lo que he cambiado. Tranquila, los reproches no se adueñarán de los dedos, parecidos a una artritis que crispa las endurecidas señas. No debe suceder eso.


Jamás fuimos buenos para mentir, o no lo suficiente. Por eso no se puede dejar de lado lo que sentimos. Tampoco podemos negar que sabemos lo que está ocurriendo. Y pensar que esa era una de las virtudes que compartíamos, cuando todavía era una virtud trascendental entre ambos. Es necesario resignarse, dejar de pelear contra lo que hemos hecho. No hay vuelta atrás. El baile de caretas al que nos hemos sumado al paso de los meses, en que tratamos de disimular el malestar que nacía dentro del pecho, impide que nos arranquemos la máscara del rostro; no sin dejar ver mucho más de lo que estamos dispuestos a ceder. Siempre es necesario ceder. La sangre deja marcas indelebles en el sitio en que se derrama. Tenemos bien ceñidas esas efigies de lo que recordamos que fuimos, que construimos con semejante ahínco; y nos convencimos que la imagen que devolvían cada vez las copas de vino barato entre el ruido y la gente era lo que en verdad éramos. Era inminente. Al menos todavía estamos cerca. La verdad importa. Sabes que me duele terriblemente tener esta conversación. Daría otro poco de vida para evitar hacerlo ahora, contigo… de esta forma. No parece que tengamos muchas opciones, ni tiempo....

¿Recuerdas cuando era asombroso hablar de la cartelera de la cineteca? Eran buenos tiempos. Salíamos de casa, y caminábamos calle abajo sin parar de enunciar los detalles irrelevantes que saltaban al paso. Entonces hablábamos de cualquier cosa, y era maravilloso. Extraño el helado de café que aguardaba en la nevera mientras veíamos la ventana desde el sillón de la sala. Hubo buenos momentos… Ahora no puedo mirarte por más de unos segundos, un violento atisbo, antes de apartar la mirada. Nos queda el espacio hueco del refrigerador.

Podríamos habernos dado la mano, estrechar las palmas con la poca firmeza de quienes se pierden dentro de una distancia, mirar por encima del hombro para asegurarnos qué hora marca el reloj de la pared del fondo, toser, y no decir más. Era el camino fácil. Una puerta se cierra y suena como si alguien disparará cerca del corazón, después continúas el paso tratando de no volver la vista al cuerpo que se enfría sobre la alfombra. Pero la verdad de todo esto, si la hay, es que ambos teníamos que llegar hasta el final de nuestro resentimiento. La vida está repleta de círculos, según dicen. Unos apenas comienzan a abrir con la fina curvatura de su línea, otros persiguen el dibujo de su contorno hasta volver al inicio, hasta cerrarse. Nosotros tenemos que esforzarnos por terminar con un trazo elegante, uno que reproduzca los años que se encierran en su carne. De otra forma, las fisuras no dejarán que las cicatrices cierren nunca. Supongo que ya no nos corresponde decidir hasta donde llega el efecto de nuestra mano y donde comienza la autonomía de su existencia...

El amor es un acto de recolección de lo que hay sobre el camino. Vamos por el mundo tratando de apoderarnos de los fragmentos que se nos presentan por delante. Nunca dejamos de ser las criaturas nómadas que permanecen al acecho de un golpe de suerte. La fortuna que se encargó de reunirnos ahora debe separarnos. Llega a ser cómico, si lo piensas lo suficiente. Terminamos buscando bajo la sombra del mismo árbol, y cuando nos dimos cuenta ya estábamos juntos, tomando cuánto podíamos de un dulce almendro; inconscientes de lo que significaba. Y los árboles más bellos siempre son salvajes, puros. Alzamos del suelo lo que parecía bueno, lo que tuvo buen sabor. Las semillas que caen de esa clase de árboles, en la manera en que caen, nos envolvieron con la extrañeza de su sabor, embelesados por la suavidad de las almendras en la boca. El aceite que queda en los dedos es la materia prima que nos construye, no una forma.

Si quieres deja que la furia se desborde por completo. Hazlo. Antes que el silencio sea absoluto; imperturbable silencio. La sangre se mantiene tibia. He venido a desnudar mi corazón, a mostrarte que no te oculto nada; yo no comencé a mentir, y no terminaré haciéndolo. Sé que piensas que me aferro demasiado a las evocaciones, pero ¿no extrañas esas veces en que podíamos hablar sin que la cólera brotara por todas partes? Las palabras eran íntegras entonces; ninguna trampa semántica se agazapaba a la expectativa de una distracción, sin sentidos dobles, sin lacerantes dudas. La violencia lleva a la violencia, únicamente. El odio nos vuelve ciegos, y no sabemos cuándo hay que callar, lo que no hay que decir. No quiero pelear de nuevo. Si sirve de algo: lo lamento. El aire del cuarto apesta demasiado a rencor, a fracaso.

Creo que por fin he logrado verme del otro lado del espejo. Sin la farsa de la auto compasión que nos mantiene tan tranquilos, tal cual he sido. Me he vislumbrado con cierta claridad, y te he visto más allá de lo que me dice el espíritu que eres justo ahora, a mi lado en la habitación que una vez fue todo lo que deseamos. Es de sobra nítido, evidente. Veo una figura carcomida y malhumorada que se recluye en sus propios pensamientos, ajeno de lo que pasa a su lado, una entidad hueca que sostiene un cuerpo casi muerto. Veo el suelo, y la luz que entra por la ventana. A través de la superficie del espejo noto las facciones desencajadas del final. Una noción ingenua… Me pregunto si la imagen que yo percibo se asemeja en algo a la que tienes de mí. Debes creer que soy un monstruo. Supongo que es necesario contemplarse fuera de la vanidad y el prejuicio del ego antes de perder la razón. Tranquila, puede que no sepa cómo hacerlo… pero es por ti, siempre es por ti. Es importante decirlo.

No busco consuelo tratando de hacerme responsable por las cosas que no hice, lo que no dije y debí; no hay manera que me dé tranquilidad tratando de ocultar el rostro dentro del cinismo. El aire no ha sido benévolo con nosotros, nos ha envinagrado el alma. Entiendo lo que he hecho. Uno de los dos tenía que cargar con el peso que nos permitiría liberarnos del sufrimiento. Permíteme un acto de absolución. Es sólo un movimiento de las manos, un formalismo. La decepción me entorpece la garganta. Intento que el trago sea menos amargo, que no sepa el cianuro que envuelve esta conversación. Si tan sólo pudieras desentrañar mi mirada, entender la pesadez de la sangre en las manos que se han quedado vacías… podríamos escapar de este cuarto, de las luces exhaustas que trepan a la ventana... También yo debería poder internarme en esas pupilas tuyas y emerger del otro lado antes que se apague su brillo. Parece que nos hemos empeñado en hacer lo posible por que no sea así. Vivimos en tiempos donde el amor es un lujo, y lo tomamos a juego.

Quizás cuando éramos demasiado jóvenes creíamos que amaríamos hasta la muerte. Nos limitábamos al instinto de lo que juzgábamos era lo que se debía hacer. Pero el cambio nos encontró. La convicción se va desgastando como todo lo demás, y declinamos en ese malestar. Era cierto entonces. Fuimos idealistas, fuimos un ardor para que la voluntad fuera el histrión de cada momento. Y no vimos llegar el ocaso. Tú y yo, o yo y tú, o ambos, o cualquier variación que sea menos hiriente, caímos cautivados por el instante en que escuchamos lo que teníamos que decir el uno sobre el otro… Ya lo sé, es tarde para sentimentalismos…

¿No te parece una idea grotesca la del amor interminable? ¡Así lo creímos! No puede ser perpetuo, no puede ser un empedrado constante que cuida de las direcciones que cruzan el mundo, no sin estar desgastado, roto. Debe corregirse, ser otro, convertirse en una entidad mutágena que escapa de la comodidad de permanecer definida y tibia, tan llena de polvo. Eso pasó, nos acostumbramos al deseo del primer día. Fuimos tontamente crédulos al creer que éramos únicos. Nos ahogamos en la obsesión de no dejar transmutar lo que fuera que éramos. El amor conoce de sobra a los amantes, los ha visto a todos. La desidia es terrible. Podemos fingir la indiferencia, no mentirnos entre nosotros. Puede que sea un sofisma; no sería la primera vez; aunque cualquier otra cosa lo es en estas circunstancias. Tardamos en comprender que lo nuestro era semejante a un árbol de frutos que la costumbre torno amargo, del que nos empeñamos en comer, más que un idilio botánico.

La desgana se apodera de mi voz. La tarde penetra con desgana por los ventanales. Trato de no darle vueltas innecesarias. Tu visión me confunde, me doblega. Ni siquiera ahora te puedo dejar partir.

La saeta que nos unió una vez, y que nos jactamos de poseer, es la que nos está envenenando: la punta de acero que enalteció su trazo por el aire se ha llenado de óxido. Las entrañas guardan una humedad violenta, profusa, de agua empantanada. Aparto el cabello de tu frente. El afecto termina doliendo cuando es una repetición de gestos. Eso es el amor. Es un acto sanguinario que nace del cuerpo. Apenas se abre la carne de la manera en que lo haría una flor rasgada, tras una lucha llena de crueldad, se puede escuchar el ruido. Un acto animal en que se bebe la sangre que mana por el pecho de otra persona hasta dejarla seca. No me gusta pensar en el amor de esa manera, mucho menos en el tuyo. Pero me he convencido que es así. Tal vez sea cuestión de decidir verlo de esa o de otra manera, no lo sé. No, no deberíamos perder incluso esa ternura; ni siquiera en este momento.

Estoy bastante alterado, perdona la palabrería. Trato de sobrellevarlo.

Velo como quieras, desde la mansedad arruinada de tus ojos o la pesada resignación en los míos. Sé tan injusta como gustes, a esta hora da igual. No hay espacio para las mentiras, no nos queda margen. Es inútil tratar de fingir que puede ser de otra forma. Mentir es un mal hábito que se aprende con rapidez. Por eso vine hasta ti. No debemos guardar secretos. Las palabras que no se dicen en el momento oportuno se quedan atrapadas dentro del cuerpo, parecidas a un eco. No hay serenidad en la cobardía. El rencor se arrastra hasta la última exhalación. Antes de permitir eso debemos enfrentar nuestros temores. Luego se va la vida alrededor del deseo de tener otra oportunidad para actuar con honestidad. No pienso permitirnos que eso nos pase. Algo nos queda en las manos… ciertos fragmentos de dignidad que podemos conservar pese a todo.

¿Recuerdas cuando nos conocimos? Fue un accidente, una simplona casualidad. Convergimos con cierta premura, y lo llamamos predestinación. Conocimos a las mismas personas, el mismo sitio. Una naturalidad instintiva. Fuimos asertivos, o cuando menos oportunos; de cara a la eternidad. Después lo convertimos en un suceso mítico, plagado de símbolos que queríamos creer. Un gesto, fue todo. Tomamos entre las manos la baraja de nuestras vidas y apostamos instintivamente. Y ahora ya ha sido todo, frente al abisal último. Hicimos lo que pudimos, lo mejor, y es hora de retirarse. Lo demás no nos corresponde. Está hecho. Las marcas en el rostro son temporales, las del espíritu no. Nunca oculte mis sentimientos. No había motivo para esconderlos.

Creo comprender lo que habita dentro de tu mente; o lo creía entonces. A lo que no le pusimos atención fue al mundo que nos iba moldeando, cada vez como algo nuevo. El destino nos empujó con muecas sardónicas, y nuestra inocente estupidez por aceptar regalos de extraños. Perdimos el control. Una charla trivial fue entonces una contienda del orgullo; los detalles entre más vanos satisfacían mejor la sed de crueldad, y buscamos la forma en que cada insignificancia ganara peso. Buscamos perder el control. Eso es lo que pasó, el amor se convirtió en la escusa para descubrir defectos en cuanto nos aburrimos de soñar. No pienses que renuncio. Las ramas que fuimos no han aguantado la ventisca que trajo el estío. Nuestro almendro florece a la sombra de sus semillas dispersas, con un perfume rancio; ni la sombra ni el agua le han sido benévolas. Déjame mirarte. El aire se torna espeso cada que tus ojos hayan por error los míos. Es necesario alejarse de esa ilusión. Hay que aceptarlo. Tu cuerpo no miente, existe como una promesa fresca de redención. Hace frío.

Aunque no signifique nada, permite que te diga lo hermosa que te ves. Anda, deja te limpio el rostro. El bermejo arruina tu maquillaje. Nada va a cambiar con ser un poco mejores ahora…  no dejes que la aversión te arruine el rostro a causa mía. Es un capricho, un detalle, que seas perfecta incluso ahora que cuesta tanto respirar. Es importante que lo seas si es por ambos. Sonríe… amor.

Trató que lo entiendas. No quiero que lo último que te diga sea que habíamos acabado entre nosotros, que no quedaba nada por agregar; y dejarte atrás con la frialdad de cualquier otro peatón sobre la avenida. Debes creerme. No podía ser de esa manera. Eres parte de mí, algo adentro, un filamento que se confunde con el cuerpo. He venido a esto, por ti. Llegué a pensar, antes de abrir la puerta, que podría protegerte de la pesadumbre de escucharme. No era posible no dejarlo claro, ninguno de los dos quedaría conforme. La indiferencia era inaceptable. La confianza que una vez existió entre nosotros necesitaba ser completada. Querida, para siempre y por siempre, somos lo mismo, por siempre y para siempre, seguiremos siendo lo mismo. Adelante, deja que esa oscuridad contenida que merodea por tu pecho salga a flote, que crezca alrededor del cuerpo y se extienda por el piso; que se quede dentro de la habitación,  que permanezca como una sombra fuera de tu cuerpo. El dolor es el que se habrá de quedar aquí, a mi lado. Hay ruidos que tratan de salir por tu garganta, una voz que te lacera la lengua... pronto pasarán. Tranquila. Espera, falta poco, muy poco. Parece que soy yo quien se quiere convencer de que en verdad está ocurriendo, y puede que así sea.

¡Ah, corazón! Los dos hemos pensado demasiado. La mente se revuelve con dudas y recuerdos de cierta finura incomprobable. No tienes porque mirarme de esa manera. He sufrido lo que te estoy diciendo. Tampoco me agrada. Es a lo que llegamos siendo deshonestos. Trato de ser el hombre que mereces, para la mujer que tuve. Quisiera volver la vista hasta la sala y descubrir que seguimos allí. Quisimos hacer algo bueno, algo que tuviera un significado… ¡Fallé! ¡Y tú fallaste! Siendo franco, me he cansado de verte decepcionada. Las distancias en las que nos movemos nos han roto finalmente. Te dejo marchar, para que te renueves en otro instante sin corrupciones o dudas. La renuncia es la forma más espantosa de la abnegación. 

No voy a mentirte. Se ha acabado. Estoy convencido de que en algún momento, en algún sitio, ambos somos una unidad, una entidad magnífica, la suma que deseamos imperturbable, sin titubeos ni condiciones, pura. Pero no ahora. Creímos que la felicidad era un manjar, y devoramos todo lo que pudimos. No hay escape del cianuro que ambos nos hicimos tragar bajo este almendro salvaje que se refresca con tu sangre. Un juego de niños sin ganadores. Sellemos nuestro último beso con la navaja que sostengo en tu pecho. Cierra los ojos, amor.

Amor, hemos terminado. 

E. Adair Z. V.

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