julio 10, 2013

Poema - No 30



No 30

Trato de extender las manos sobre el mundo,
pero el lustre de tu cabello me detiene,
me asfixia como la lluvia sucia
en la que te miro marchar con calma;
ninguna lilis que pueda ser cosechada por mi voz
se abre sin dibujar un ramillete de sangre
                        por mi cuerpo.
Pienso en la ternura que se me ha vedado,
en los minúsculos golpes de los dedos
en la espalda arcana de la memoria
que caen derrotados sobre la mesa
antes de doblarse cobardemente.

Siento el calor que eres, la luz,
la ciénaga clara de la desnudez de alguna vida
                        secamente desconocida,
la sed que tengo de escucharte respirar
como una extensión de mis pulmones inflamados,
y en la vertiginosidad con que los rostros difusos
que se interponen en la calle te sepultan.
                        De pronto,
despertando de la leve ensoñación
a través de las gotas que revientan coléricas en el suelo,
eres la extensión de la nada.
No estás más en mí.

Respiro de manera pensada, dudando apenas,
convenciéndome de la utilidad oscura del murmullo
que explota en mi pecho,
en su borde desbaratado,
que escurre hasta la garganta en un sólo hilo,
busco las ganas de sostener los ojos aún abiertos,
tan llenos de figuras albas y quietas muecas,
borrándose cual faros en la neblina que sale de mi boca
frente a tus párpados ocultos.
Ser odioso, una mancha de furia,
para no tratar de besarte.
 Canto de un ave en primavera, 2013
 E. Adair Z. V.




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