junio 29, 2012

Poesía - XXXVII - Heraldo de Cólera



Alguien escucha el golpe del agua
            contra la piedra,
el golpe duro de la piedra al tacto
del licor que fluye,
suave, muy suave, entre las piedras;
y allí, entre esas piedras
el llanto mineral del aire se levanta
con cuidado de no rasgar las palmas
de sus manos sedientas.
El río, el agua, el paso del aire,
la multitud de brechas y distancias,
la piedra.
El sol cae, simplemente cae,
y golpea y cae a través del aire,
de su cuerpo descomunal de ruido,
y penetra y cae sobre la piedra
para rasgar los filones de granito
que labran el placer del guijarro,
y explota y cae dentro del agua,
hasta que se rompe como un prisma.

Alguien escucha el chapotear del agua,
y escucha el paso del viento,
y siente la dureza del suelo,
y ve, siempre por vez primera, con los fragmentos
del astro que se consume.
Y habla, habla, largamente
habla de la multitud de pequeñas reinvenciones del juego.

Alguien escucha el agua, la nombra,
y descubre el cauce que es en su cuerpo,
la transmutación de hechos y espacios
que se extienden en cada respiro.
Alguien habla del agua,
su pecho reboza de fuerza, se calienta, arde,
hasta que la boca le sabe a tierra.
El agua golpea la roca,
el aire sortea esas fisuras
en que la luz se descompone,
y es en todo momento el cuerpo,
inamovible, indestructible, del mundo.


Enero 2012, Adair



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