octubre 03, 2012

Poema - XLIX, Canto Tercero, Heraldo de Cólera



Llega un momento en el que la sangre se agota;
un instante de luminosidad envuelve el rostro
hasta convertir todo en un fragmento sónico,
nada existe después de esa violenta zambullida,
esa lucidez del agua sin nombre. El heraldo toca el suelo.
El oxido se entrega a la obsesión de envolver el pecho,
lo llena, pronto cada bocado sabe a hierro,
a incandescentes filones que arroban la tierra,
a rebabas de sangre que trepan la espalda.
¿Y a ti? ¡Nada!
En verdad ya nada. Una ocurrencia de frases vulgares.

No busco la absolución ridícula de los poetas
quemándome la boca ante la rivera verde,
el amar a todas las mujeres como si fueran una,
la heroica lucha por derrotar a Ariadna, la muerte;
no te ofrezco, ni ahora ni nunca,
una copa repleta del río rojo, del furioso,
sólo memoria, las palmas desnudas, pero limpias.

Han pasado los días como pájaros en el cielo,
el fuego de las entrañas se acurruca bajo las uñas, escribe,
¡es necesario escribir, carajo!
y es honesto decir que no queda más,
ni una mueca, ni una maceración insoportable,
ni la desgana de enumerar las falsas virtudes
que hemos perdido.
Los hombres se inclinan al paso de los siglos,
cuerpo a cuerpo, la podredumbre anuncia
la dorada edad en que los titanes gobernaran los cielos,
sentados sobre el tribunal de huesos que los han nombrado.

Llega el momento en que hay que vagar,
recorrer el reino de la miseria mundana;
la nada significa que no tenemos mucho que decir,
mucho por escuchar. El espejo me devuelve la imagen
de esa criatura que no hace germinar rosas ante los transeúntes,
los pétalos le gotean de las muñecas cercenadas.

E. Adair Z. V.

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