septiembre 21, 2013

Opinión - La soledad de Ítaca, perspectiva de la poética mexicana moderna

Nota: Este ensayo iba a salir publicado en la primera edición de un grupo cultural chiapaneco... desde el año pasado. Por razones del destino, karma, o buen gusto (!), dicho proyecto sigue congelado. Espero que estos amigos pronto puedan liberar sus intenciones del quehacer cultural. En la de mientras, ahí les va. Poetas mexicanos...
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Cuentan que Ulises, harto de prodigios,
lloró de amor al divisar su Ítaca
verde y humilde. El arte es esa Ítaca
de verde eternidad, no de prodigios.”
J. L. Borges

Una de las dudas más recurrentes a las que se suele enfrentar un joven creador (si le asignamos a esta palabra su verdadero y único significado: el que crea) es “¿qué tan bueno es mi trabajo?”, duda genuina y por lo demás honesta; sobre todo cuando el acto artístico no es un simple fetichismo elitista de apariencia, sino una búsqueda ontológica de la psique en madurez. Esta pregunta, ya establecida, tiene la bondad de que se puede desglosar en una secuencia de preguntas muy específicas, y con un grado de correlación significativo: ¿qué tan original; qué tan valido; qué tan honesto; qué tan puro; etc.? Pero hay una interrogante que en lo particular me ha dado vueltas en el cerebro a través de los años: ¿Hay, en algún grado, una búsqueda intelectual genuina, que conocedora de la estética que he desarrollado individualmente, justifique la inversión de tiempo que mi trabajo requiere; más aún, el tiempo que un espectador externo le destine? Naturalmente resulta ser una pregunta retórica. Para este caso, la poesía es la técnica creativa -o el médium transcriptor de los pensamientos- que me resulta relevante; así como para un músico lo debe ser la secuencia de notas del instrumento que ya es parte de su cuerpo, o el matemático que descubre los objetos como la sumatoria de interrelaciones, probabilidades y variables que los pueden describir idealmente. Sin embargo, el asunto que realmente me ocupa no es ese. Lo que me interesa es una pregunta derivada: ¿son conscientes mis contemporáneos de esta clase de dudas? ¿Su trabajo es genuino y honesto con ellos mismos? ¿Realmente buscan crear? La pregunta resulta también difícil de responder desde lo subjetivo –y es imposible ser objetivo cuando se quiere establecer una razón sobre temas que nacen de la interpretación personal de la realidad y la verdad-, pero hay aproximados empíricos que son dignos de consideración.


Existe la frase, ya lugar común por los intelectuales de feria que se asumen jueces de la savia del arte, “en México hay muchos poetas; levanta una piedra y hallarás uno”, y quizás sea cierto. El detalle que olvidan aclarar, según mi humilde opinión que a ciencia cierta nadie pidió, es el de sí en verdad hay poesía en las letras de esos “poetas”; ya que trabajo, lo hay -aunque no en todos los casos-. No trato de definir la semántica de lo que es bello, ni mucho menos de lo que es poesía; eso le corresponde a las corrientes estilísticas que se generan en tiempos y áreas geográficas delimitadas, así como a los grupos sociales de los que emanan y su cosmovisión particular. Pero sí siento curiosidad respecto a qué es considerado de forma gregaria que es lo bello, lo poético y lo correcto. Al final de cuentas, es el lector quien define los parámetros que otorgan el reconocimiento al artista que satisface de mejor manera sus propias aspiraciones personales; sobre todo cuando el titulo de poeta debe ser otorgado por la sociedad, y no por auto-bautismo de un ego exagerado. Este intento de ensayo es sólo una reflexión de lo que es la noción de poesía en nuestra comodina actualidad, y la intención que secunda estas letras es la de buscar transmitir estos pensamientos, la duda que alimenta estas breves páginas; las ideas que se comparten quedan cedidas y a disposición del criterio de cada lector, libres de apropiárselas, modificarlas, y mejorarlas –que bastante falta les hace- para re-transmitirlas a otros. Es necesario debatir la realidad. Las respuestas, dependerán de quien las formule. En mi caso, las palabras que siguen repiten las conclusiones que algún par de veces ya he expresado en público, y siendo consecuente, las transcribo, fieles a su primera pronunciación.

Al respecto, hay dos temas que merecen la atención para establecer la base desde la que se parte al establecer estas ideas: la definición de lo que es bello y correcto, por las elites en turno (que sólo buscan ocupar puestos en las instituciones culturales a lo largo del país, al mejor estilo de la burocracia revestida de cache social -o quien dice, Godinez de frac-); y, lo que se está haciendo en los ámbitos que operan en la marginalidad inminente de la que tenemos conocimiento, pero que de alguna manera han formado grandes grupos, o elites de segunda mano, que establecen otra variante del mismo proceso que se da en el punto anterior. Estos dos grupos han formado, a mi parecer, todo un sistema estético de lo que “debe” ser lo poético en la actualidad mexicana posmoderna. Hablamos de una imposición genérica de los ideales que se conciben como culturales dentro de la sociedad, secundada por una clase de tiempo y conciencia, que excluyen a todos aquellos que no comparten, o imitan el mismo patrón de trabajo estético. No es sorpresa que muchos grupos (principalmente entre talleres) sigan la imposición de gusto estético del “poeta” que les dirige. Está demás mencionar que la acumulación de estas élites se da en torno a los parámetros que acotan la comodidad creativa ya establecida en que surgen. A saber, los primeros tratan sobre el purismo de una aristocracia desgastada, basada en un nihilismo extravagante (que resulta de imitaciones o intentos de negación del trabajo de otros escritores); los segundos, sobre la descarnada brutalidad de la cotidianeidad, llevadas al extremos de clichés del cine de ficheras, adecuados en tiempo y espacio a la adolescencia nunca superada. Además de la enorme gama que media entre los dos. Por fortuna, la parte de la poética nacional (si es que es válido hablar de algo así) que se mantiene apartada de este patrón, tiene un trabajo constante, y escuelas que se apegan a su liberalismo creativo: que cada quien encuentre su propia voz, no un eco.

Cabe mencionar que la institucionalización de la estética tiene como argumento central que la creatividad y la belleza, así como la variación en los cánones que “rigen” en cierto grado el medio artístico, ya han sido definidos por las generaciones previas –trepándose a las barbas de los buenos creadores-, siendo las generaciones “contemporáneas”, quienes han acabado de aterrizar y perfeccionar la expresividad cultural de todisísisima la sociedad, y como representantes universales de la mexicanidad; cualquier patrón que se aparte, rechace o niegue esta verdad absolutizada debe ser ninguneado y censurado; la indiferencia, la corrupción en los medios de publicación, y el secuestro de oportunidades se pueden entender como una técnica secundaria de censura a largo plazo. De esta manera, la definición de arte, cultura y valor estético, se acotan a los gustos e intereses de los diversos grupúsculos que ejercen, en diferentes niveles político-culturales, su influencia directa sobre las nuevas generaciones de escritores (y artistas en general). Si se contempla a la élite de la localidad en que nos encontremos, veremos el patrón que he mencionado; y la extrapolación de lo micro a lo macro, se ajusta a los paradigmas que describen el comportamiento nacional. Ni siquiera para eso suelen ser originales… creativos, puesn.

Hay un vacío enorme que dejaron las últimas generaciones de buenos escritores mexicanos en el plano de la poesía; como de 30 años –es decir de poetas formados en los últimos tres decenios-. Quizás sea un poco injusta la afirmación anterior para algunos autores notables que durante ese periodo han visto florecer su obra: me disculpo con ellos. Pero en términos generales de “poesía mexicana moderna”, me parece por demás certera. El país no sólo ha estado sumergido en una crisis económica, política, moral, social, y de identidad, también ha caído lamentablemente en una crisis de lo poético –aunque en términos globales podríamos decir que es una crisis del mundo cultural nacional-. Lo artístico se ha convertido hoy en día en una suerte de mercado donde reina lo más barato, y por supuesto, lo de mejor comercialización; hablamos de la colocación de la cultura como un subproducto mediático de carácter y valor económico. No debe sorprendernos que sea lo mórbido y lo morboso lo que mejor distribución obtiene de los centros culturales, empresas y gobiernos. Y la poesía ha sido alcanzada, como otros géneros creativos. La política cultural que se sigue, en varios niveles, es simple: mucha sangre, descripciones al mejor estilo de futbol chafa, chismes de barrio –entre cuates-, y unas buenas tetas, eso es lo que vende. La calidad de la producción ha quedado comprometida a la retribución monetaria inmediata, incluso en pos de la libertad suprema y orgasmica de expresión mal llevada. No hay una búsqueda de la belleza, sino una justificación de la fealdad del mundo: el canto de la mediocridad.

Otro sub-punto que ha ayudado a que la noción de lo poético se haya desvalorizado con tanta rapidez es la malsana proliferación del llamado verso libreverso blanco, y escritura automática. Malsana por la vulgaridad con que se ha efectuado; que no por la técnica, que ha sido aportadora de grandes y hermosas piezas liricas. El verso libre se utiliza como sustitución de las reglas estéticas de la poesía clásica, llegando al extremo de tildar a esta última como absurda y obsoleta, dada la facilidad que permite para plasmar ideas simples, de mentes simples –lo lamentable es que la forma y el fondo se han simplificado en demasía, abusando de esta técnica-; bueno, pues, tiremos a la basura el siglo de oro español y a Sor Juana. Muchos ven la poesía como si fuera apenas una cancioncilla de barrio, medio escrita, y medio trabajada. No se me mal entienda, no quiere decir que yo esté en contra de esta forma de versificación, purista, sino en la carencia absoluta de métrica interna –no hay estructura en los versos de los poemas, y por tanto, no hay musicalización-. Y eso ya es demasiado terrible en cuanto a la poesía. El verso blanco, opera como un texto con métrica exacta, pero sin rimas. Cuando se suman, el trabajo que se obtiene debe sostenerse en la originalidad de la estructura, la fuerza de las imágenes poéticas y el aliento del “poeta”; ¿qué pasa si estos no existen, son dudosos o carentes de disciplina? Existe otro problema, y radica en que los artistas nuevos no leen de manera exhaustiva a los clásicos, o simplemente no leen; mucho menos realizan ejercicios de creatividad, melodía, ritmo, forma. Ni siquiera se trabaja el mismo poema más de una vez. Y en cuanto al tema de la escritura automática, no dudo de sus virtudes dentro de las esferas del psicoanálisis o de la terapia de la neuro-programación… pero en cuanto al desarrollo de un texto integrado y coherente, definido y con un propósito especifico… si no se tiene nada bueno que decir… ¿qué decir al respecto? André Breton me perdone, esto no es París.

Si se vuelve a sumar todo lo que se ha dicho con la pobreza literaria en los temas que se abordan, y más de este discurso igual de chafa, llegamos a uno de los ejes de este intento de ensayo. La crisis creativa. Las pruebas más contundentes serian la difusión de autores de poesía basada en la situación, o como mejor ejemplo, los que han transformado la poesía en un extravagante retrato de una realidad, grotescamente violenta y directa, que sigue los estereotipos de la mexicanidad trazada por Paz: el macho, la realidad descarnada de la que se hace mofa con el humor negro, plantada en un barrio en el “distro” –porque además es centralizado-, y la indiferencia. No hay espacio para Virgilio o Bécquer, sino para el chafirete sin aspiraciones que se monea y le mira el culo a la quinceañera en la micro, masturbándose con las manos dentro del pantalón; no hay romances pulidos por el esfuerzo de las horas, las tertulias literarias (generalmente multidisciplinarias) y los talleres, sino la alabanza “sin chiste” de un “buen culo”; y mucho menos, hay espacio para la creatividad pura: el juego de la forma y el fondo. Arjona nos jodió la poética a los latinoamericanos. La creación se subyuga al deseo abyecto de estar a la “moda” en los círculos cercanos, sonar creativo y contestatario, con el único fin de pertenecer a una intelectualidad ad hoc. O por otra parte, la verborrea diarreica que pretende parecer docta y “purista”. No hay que sorprenderse que sean las élites poéticas de nuestro amado país sin forma. Las palabras ya no son lo que eran, el mundo es una serie de trivialidades abordadas desde la simpleza. La fórmula de lo telenovelesco, malhecho, se ha instalado en la poesía nacional –si es que semejante barbaridad puede ser concebida-. Quizás he sido yo quien ha nacido en un tiempo incorrecto. Me parece que la poesía ha sido confundida con una prosa mal, o escasamente rimada; y la literatura en general, simplificada por los bajos estándares de la mafia intelectualista que gusta de las fotos, los discursos y la apariencia. Ítaca está vieja, obsoleta y moribunda; es un recuerdo, la leyenda de una época que fue, y debió seguir siendo. Pero ahora, no es otra cosa que una isla vista desde la cruenta realidad, y por ello, dicen, menos integra, creíble y valiosa. Tierra. ¿Será?

Aclaro nuevamente que es mi humilde opinión.

No todo es pesimismo y malas caras. Por fortuna, la realidad se ha tornado tan compleja que las nuevas oleadas de proto-artistas (léase: los no consagrados por la crítica palera) sí han comenzado a desarrollar un sistema moral del arte (no moralista, ojo), y lo que es más provechoso: una identidad creativa, con fuertes bases de compromiso individual y social. Hay jóvenes, y personas en una adultez ya madura (hombres y mujeres) con propuestas novedosas, formas que se mezclan con la tecnología y los saltos de generación, que ya son claramente notorios. Ellos andan por allí  estorbando con su genuina amateuridad, que debemos agradecer. Personas que tienen un mensaje que transmitir. Quizás lo que les diferencia de los demás, es el compromiso que demuestran en su obra, y el reconocimiento que han obtenido por su trabajo, y no por su renombre editorial. He dicho que discrepo de la estética de lo morboso, pero eso no es un juicio de valor que diferencie lo bueno de lo malo; sería francamente idiota suponer eso. Hay una realidad sucia que vale la pena conocer como una identidad mutágena de nosotros mismos, una violentación del mundo que nos rodea, y hay autores que la desarrollan con gran maestría; lamentablemente las puertas de las editoriales parecen permanentemente cerradas para esta clase de literatura “underground”. Lo mismo sucede con la poesía fresca que trata de abrirse paso entre las formas estandarizadas de la retórica nacional. Ustedes dirán lo que piensen al respecto.

¿Es bueno cuestionar semejantes asuntos dentro del mundo cultural en que nos desenvolvemos, o no? ¿Sirve de algo pensar las consecuencias que tiene, y tendrá, a medio-largo plazo en la sociedad, y en particular en los grupos creativos futuros? ¿Alguien comparte estos pensamientos? Acaso, ¿esta opinión está justificada, o es un simplón desahogo de un farsante más que utiliza las letras para liberar su frustración? (¡Sic!) ¿Hay una poética concreta nacional?... No lo sé. Ni siquiera puedo trazar los límites de una conclusión que pueda considerarse plenamente honesta. Sin embargo, la duda ha sido trasmitida hacia el exterior. Es materia dispuesta a lo colectivo. Queda al albedrío individual definir las posibles respuestas, según su personal criterio. Y eso, más allá de encontrar resonancia en mis planteamientos, es lo que me interesa: la duda de lo que se nos ha dicho que es, y debe ser. Debemos cuestionar lo que hacemos, lo que consumimos, lo que recibimos del exterior. Es importante se honestos con lo que hacemos; después de todo, lo amamos -¿o no?-. La pregunta está hecha, la respuesta espera afuera, en algún sitio; si es que existe. Por lo demás, y lo que venga, soy optimista, a lo lejos miro el mar golpear la costa, Ítaca se levantará de nuevo, verde y radiante, fresca, humana, viva.


E. Adair Z. V.
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