diciembre 11, 2017

Lectura de premiación: Magdalena Guerrero Martínez, XVIII Premio Nacional de poesía Titanueva 2016, Los frutos infinitos


Lectura de premiación: Magdalena Guerrero Martínez, XVIII Premio Nacional de poesía Titanueva 2016, Los frutos infinitos

La ganadora del Premio XVIII de Poesia Tintanueva Edicones fue para Magdalena Guerrero Martinez. Tuve el honor de acompañarla en la mesa en su premiación. Dejo el texto integro de las sandeces que dije sobre ella.


La curvatura de los frutos {leído durante la ceremonia de presentación}

E. Adair Z. V.

La poesía, más que un acto de inteligencia o belleza, de aquellas interminables figuras en que los hombres y sus épocas se decantan, es un acto de conformación. De reconfiguración. Desde los cantos primeros que explican el mito del origen, hasta el acto kitch más sustancioso de la modernidad que se ha dejado arrasar por su oportunismo mediático, la secuencia de sonidos e ideas se ha concatenado de manera infinita. La razón de esto es la propia infinitud de la experiencia como un acto de vida. Nadie puede impedir que la poesía logre filtrar fuera de uno mismo algunos de sus secretos mas íntimos, porque es el acto de creación lo que modifica la experiencia personal y lo torna un hecho universal, a distintas escalas, sí, pero reconocible en cualquier otra experiencia consumada.

Eso es lo que encuentro en este libro titulado "Los frutos infinitos". Titulo que encuentro por demás encantador, ya que nos recuerda, quizá de manera inconsciente por la autora (porque hay mas de suerte en el acto de escribir que de genuina genialidad; y que en muchas ocasiones rebasa las intensiones del autor), que el aprendizaje tiene de manera forzosa un producto,  que ese producto tienen cierta disponibilidad publicas. Por otro lado, la infinitud, ya sea la griega, en la rivera, o la otra del ciego, también en su rivera, nos lleva de nuevo a la generalidad de la literatura y la ambigüedad de la interpretación del hombre sobre el hombre mismo. Bien lo dice la autora "cuando pregunto / al mandarino cómo alivia  su soledad, / responde con jugosos / frutos". La sentencia es dulce, tanto o ás como encierra dentro de ella una sabiduría existencial. Sin embargo, no debe cometerse el error de creer que esta dulzura es simple cursilería, sino que guarda un néctar álgido en su interior. Quia un reflejo de su experiencia como persona en el mundo, como escritora, como mujer, y finalmente como miembro de una realidad compartida con el resto de nosotros. Esto es lo que he visto a través de sus páginas. Pienso que estos versos resumen de manera perfecta el contenido de la obra de Magdalena, que por cierto es llanto y redención desde las raíces de su nombre. "No veo al depredador / pero en las mañanas / encuentro sus huellas", nos dice. 


He dicho que la poesía puede ser un producto, como cualquier otra mercancía en el mundo. Y tal afirmación puede levantar más de una ceja en el sentido mercantilista más puro de la palabra, especialmente desde la romántica trinchera del arte y el séquito de idealistas que la conforman(mos), algunos más ingenuos que otros, cabe decir. Está dicho. Todo es susceptible de tener un comercio, siempre que dos partes lleguen a un acuerdo de intercambio Esta es parte de mi experiencia. Y uso dicho concepto de la forma más dolosa posible, ya que en esta modernidad la poesía es un articulo decorativo y artificial más que se distribuye a consumidores poco especializados pero ávidos de un misticismo fast-track que da un alivio momentáneo que se diluye en el scrolling del mouse del hiperconsumo pero poco consistente de las redes sociales. Magdalena Guerrero Martínez, por su parte, entra en esa categoría de los objetos de los bazares de anticuario. Y se lo agradezco profundamente.

Dentro del hilo que conduce este libro hay pequeños movimientos oscilatorios, breves, y que se cierran apenas van comenzando. Hay una espina que le atraviesa los labios, y desde atrás de ella, Magdalena nos deja ver una memoria fragmentada que ha logrado encontrar satisfacción y paz entre las palabras, antes de generosamente compartírnosla para satisfacer el morbo, y  ala vez, para ser tocados por esa vocación sanatorial del lenguaje, el suyo, el de ella, que se reconstituye cíclicamente, de forma inevitable. "... se me murió / esa seductora tristeza. / Amanecí.", nos dice sin más, casi al inicio de su libro, y es la única advertencia de lo que se viene por delante. Hay un acto de amor en esas palabras, pero también una lúcida malevolencia que se destila desde alguna profundidad herida.

Son versos melancólicos estos, los que tenemos por tema el día de hoy, llenos de un largo camino entre las cenizas, y que dan cuenta del conocimiento del dolor y de la contemplación. Quizá no exista una manera más genérica al hablar del acto creativo de un escritor que ha labrado su propia poética que lo que acabo de decir, lo sé. Disculpen ustedes mi vulgaridad. Hay una razón para esto. Cuando menos yo, como quizá algunos de ustedes, y el jurado que atravesó el proceso de selección, podemos reconocer en Magdalena y en su obra un acto poético genuino, un trabajo consiente, y una necesidad moral mediante su lenguaje, simple y cuidado. Es decir, la reconocemos como una obra que posee en sus cimientos una veta tangible de la labor de una "poeta", sea cuál sea el significado de dicha palabra, tan de moda en algunos autoproclamados versadores que nos inundad insidiosamente. Magdalena, sobra decir, parece salvarse del duro juicio ético que la poesía demanda a sus perseguidores. Aunque ahora falta pasar por los que podrán tener este libro en sus manos para dar su opinión, y en especial los que más cercanos están de la poesía en el mundo, que justamente son los que menos se tratan de laurear con sus aburridas diseccionares de cafetería.

Más interesante que esta estéril y rabiosa conversación que he pronunciado, del reconocimiento frontal como iguales entre la escritora y su escrito, y por ello mismo, de su propia interpretación de la realidad que le ha atravesado, queda un objeto que puede pesarse y medirse. Cualquier lector podrá observarse dentro de estos poemas, y transmutar lo que ha leído (cómo lo haya leído, y con su respetable y respectiva intención), de transfigurar la voz que va llegando con cierta timidez desde la tinta, para sentirse cambiado a través de ellos. Entonces el lector, esa otra criatura indefinible, sabrá dar un valor a lo que tiene en sus manos, y que debe ser la única voz a que Magdalena le importe e verdad, la otra, que en ese dialogo surgido sobre el aire, será también su propia voz. encuentro en estos frutos infinitos... "El barro que destila del fastidio / crea dioses". Esa es su gran virtud.

"...en mi interminable mar de arena.
Allá llegaré
cuando el círculo esté preparado
para cerrarse."

La obra que en esta edición han seleccionado los jurados cumple, a mi parecer, con el objetivo de Federico al obstinarse en servir a la belleza, en servir a la humanidad, a través de la a veces ingrata tarea de dirigir una editorial independiente, y más aún sí de poesía se trata. Sé que la tarea de avaluar un texto y seleccionarlo de entre una marisma de voces es también un trabajo insatisfactorio y lleno de dudas. Tenemos de conocer este libro de Magdalena al costo de otras obras que tendrán que esperar un poco más. A ellos también se les debe pedir que no se rindan en el proceso, y que recuerden que el oficio que demanda la poesía tiene más del corazón y de la convicción que del talento nato. El reconocimiento no es algo que deberían de seguir quienes están llamados a esta dualidad de la vida: su camino y su nombramiento. La poesía, y nosotros sus lectores, debemos pedirle a Magdalena y otros como ella, que cumpla con su oficio de iluminar la oscuridad con la vibración de su voz.

Texcoco de Mora, 2016.


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