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julio 03, 2014

La Flor más grande del mundo (José Saramago)

Pocas veces se ponen en este blog materiales pertenecientes a otros autores, y más que por el posible Copy Right por el desgaste de colgarse del trabajo de alguien más. Sin embargo, a veces es difícil encontrar algún material específico, por lo que el honor de la memoria de lectura y el respeto al trabajo de los grandes escritores justifica esta pequeña falta. En este caso, se trata de uno de los cuentos de Saramago, que aunque escrito para niños tiene una dimensión excepcionalmente universal.
En el momento que conocí la historia de este escritor portugués no había tantos blogs que difundieran la versión escrita, y en español. Así que mi intensión fue un poco tardía. Sin embargo, para contrarestar este fallo, y contribuir en algo, se presenta una versión bilingüe (que espero poder anexar más idiomas) de este cuento, de manera que se pueda facilitar su lectura en varios idiomas.

La Flor más grande del mundo (Español), cuento y corto
A maior flor do mundo (Portugues), cuento y corto
The biggest flower in the world, corto (subtitulado)

                                                                     José Saramago
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La Flor más grande del mundo

Las historias para niños deben escribirse con palabras muy sencillas, porque los niños, al ser pequeños, saben pocas palabras y no las quieren muy complicadas. Me gustaría saber escribir esas historias, pero nunca he sido capaz de aprender, y eso me da mucha pena. Porque, además de saber elegir las palabras, es necesario tener habilidad para contar de una manera muy clara y muy explicada, y una paciencia muy grande. A mí me falta por lo menos la paciencia, por lo que pido perdón.
Si yo tuviera esas cualidades, podría contar con todo detalle una historia preciosa que un día me inventé, y que, así como vais a leerla, no es más que un resumen que se dice en dos palabras… Se me tendrá que perdonar la vanidad de haber pensado que mi historia era la más bonita de todas las que se han escrito desde los tiempos de los cuentos de hadas y princesas encantadas…

Narración - Motel los Álamos (Ney Antonio Salinas)

MOTEL LOS ÁLAMOS
Por Ney Antonio Salinas


Desde la ventana, el hombre hecho sombra podía asomarse al mundo; –un puente inevitable que conducía al infinito– sus sentidos eran todos antena para los pulsos de la noche: un perfume arcano, una cancioncilla obstinada, distante como una voz que se apaga. Una secuencia inexacta de luces señalaba la trayectoria serpenteante del Periférico Sur, y de igual manera le parecía que ésta conducía directo al infinito, aunque luego el sentido común parecía volver de cuando en cuando para confirmarle que la carretera bajo la línea semicircular de luces sobre el boulevard llevaba a San Fernando si se seguía de frente, o a San Cristóbal de Las Casas si se viraba a la derecha, o bien a Coita si se enfilaba hacia la izquierda. Y el gigante ciclópeo que iluminaba la ciudad con su ojo penetrante y absoluto era la antigua cárcel que un día se llamó “Cerro Hueco”. Una certeza total que adquiría cada noche al ver esa luz, una certeza que lo invadía en su calidad de inquilino pretérito de sus muros y estancias y soledades. Fuma y recuerda sus días de lucha en los ochenta, el precio del maíz había caído estrepitosamente por el incremento de importaciones; días de lucha, de combate, de caminar las calles y poblados más miserables y encontrar en cada rostro maltrecho, en cada esquina, en cada cuerpo desnutrido y ajado, en cada casa un espejo que le devolvía esa dosis de rabia y locura con que sus noches y días eran sometidos y destinados a las marchas y manifestaciones de los campesinos de las regiones Centro y la Fraylesca del Estado de Chiapas. A caminar las montañas y veredas de una geografía lastimada y olvidada, desde temprano, hasta la noche total en que la vida fue pasando sin que él se apercibiera y sus soledades fueran demasiado concurridas, sin apercibirse de que ella, Aurora, un día dejó de tejer en su entrañable Ítaca; dejó de esperar.

            Luego el cigarro consumido recorre una vertical imposible, breve animal herido y humeante, desde su mano temblorosa hasta allá, algunos pisos abajo en la boca de la oscuridad, abierta e insondable. El viento posee una canción que proviene de algún lado; a veces le parece un blues de B. B. King o un soul o un jazz –Blue moon, en la versión de Diane Shaw: entonces, observa en la televisión encendida a volumen cero el rostro de un escultor, y recuerda un reportaje de hacía ya un tiempo en el que ese mismo escultor llegaba al municipio de Arriaga en la costa de Chiapas a realizar una obra para el ayuntamiento. La escultura proyectada –¿una sirena, una caracola, una flauta en forma de didgeridoo?– tenía la peculiaridad de contar con varios hoyos diminutos, colocados quirúrgicamente en diferentes partes de la forma, para que al paso del viento produjera música como si se tratara de una flauta o un instrumento de viento tocado directamente por los labios de Ehécatl. –Así, explicaba el artista: intento conseguir un efecto que ciertos pobladores de las zonas rurales de China logran en los bosques de bambú, al hacerles hoyuelos en los tallos, de manera que cuando pasa el viento entre ellos, se produce música y al concepto los campesinos lo llaman El bosque que canta. Arriaga es un buen punto geográfico para ponerle un micrófono al viento y podamos escuchar su voz, su música, su misterio, su dolor, su poesía…– Otras veces, de entre los acordes de la melodía omnipresente surgen notas de acordeón, luego, algunas de trompeta o armónica; y la noche parece llorar.

junio 25, 2014

Narración - La colisión, por Ney Antonio Salinas

Narración - La colisión
Por Ney Antonio Salinas*


Para Astrid Preciatt Real

Bitácora de sobreviviente; día 12, 053 de travesía.
Despertar. Volver de un mundo profundo, tenso, atravesado de sombras e imágenes que bien podrían ser presagio, epifanía o locura. Eso me pasaba en esa estrecha butaca del Centro Cultural Jaime Sabines aquella tarde de verano; si, aquí en la Ciudad incandescente. Y es que el día había sido difícil; mapas, cálculo y ecuaciones en una oficina gris y sin vida; la poesía para mí siempre será un lujo. Esa tarde habría lectura colectiva; era un encuentro de poetas o reunión de voces, o de egos, atuendos, bellacos, elegancias concurrentes, perfumes indescifrables. Era un asunto a tertuliar con toda la beligerancia posible entre Astor y yo. –Astor es topógrafo, viejo canalla, camarada inseparable de la oficina quien me había arrastrado a la tan pregonada lectura, y que al voltear a buscarlo no estaba: me había abandonado a mi suerte el muy granuja– El asunto empezaba ya; el presentador daba cuenta de tan monos currículos y de quien sabe cuántas publicaciones, colaboraciones y antologías. La gente atestada en los pasillos y la entrada. No había pues escapatoria posible.

De entre la multitud emergió una figura femenina como si irrumpiera desde la niebla densa de mi anterior sueño y se sentó en el lugar vacío de Astor. Pero no, ella era (es) muy real y preciada. Recuerdo que la vi en el Café Hawelka, en el No.- 6 de la calle Dorotheergasse en Viena aquel invierno de 2007. Ella entraba al café y yo salía; se detuvo a saludar al señor Leopold. No tuve el valor de abordarla; me faltaron las palabras, el arrojo, la inteligencia. Dos inviernos después; coincidimos durante una lectura de poesía de Roberto Bolaño en el New York Café de Budapest.
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